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La familia
En 1976 el Papa Pablo
VI canonizaba a la Beata Beatriz de Silva, dama portuguesa, fundadora,
mujer de esperanza porque se abrió al Espíritu y se puso a disposición
de Cristo y de María Inmaculada. De ella no se ha conservado ningún
escrito, sus biógrafos, basándose en diversas fuentes de la época, nos
han relatado los hechos principales de su vida, transcurrida en un
ambiente de devoción inmaculista, acorde con las doctrinas franciscanas.
Beatriz nació en
Ceuta, ciudad que por entonces pertenecía a la corona de Portugal, en
1424 – 1426, su abuelo materno, el noble portugués Pedro de Meneses,
Conde de Vana, luchó en la conquista de esta ciudad para la cristiandad,
fue su padre Ruiz Gómez de Silva y su madre Isabel de Meneses de sangre
real, emparentada con las casas reales de España y Portugal, quienes
contrajeron matrimonio en 1422.
En 1434, su padre,
fue trasladado a tierra portuguesa y designado alcaide mayor de Campo
Mayor, provincia de Alentejo, lugar donde transcurrió la infancia y
adolescencia de Beatriz, en una familia de once hermanos. Uno de sus
hermanos fue el Beato Amadeo de Silva o Meneses, franciscano, confesor
del papa Sixto IV y creador de la rama reformadora de los llamados
Amadeítas. Este es un dato importante que liga a Beatriz con la
espiritualidad franciscana y devoción a la Inmaculada.
El hogar de los
Silva Meneses respira espíritu cristiano y piadoso, siendo los
franciscanos los educadores de sus hijos. La Madre de Beatriz,
siguiendo la tradición familiar, era muy devota de la Orden de San
Francis- |

Escudo de los Silva
co y por
ello encomendó la educación religiosa de sus once hijos a los padres
franciscanos, que sembraron en sus almas un amor especial a la
Inmaculada Concepción. El quinto de los hermanos de Beatriz, llamado
Juan y luego Beato Amadeo de Silva, tomó el hábito de San Francisco y
fundó la asociación llamada de los «amadeístas».
Hay una tradición conservada en
Campo Mayor, que es todo un símbolo de la belleza angelical que
distinguía a la joven Beatriz. En una de sus iglesias se venera un
cuadro de la Virgen con la cabeza inclinada y los ojos cerrados,
sosteniendo sobre sus rodillas al Niño. A su lado están arrodillados San
Francisco y San Antonio. Las facciones de esta Virgen, según la
tradición, son copia del rostro candoroso de Beatriz. Su padre quiso
tener un cuadro de la Virgen para la capilla de su residencia y con este
fin mandó venir a un pintor italiano. El artista expuso al padre que el
mejor modelo para la Virgen sería su misma hija. Esta, por obediencia,
accedió a ello, pero, poseída de un inocente pudor en servir de modelo
para un cuadro de María Inmaculada, no abrió sus ojos ante el pintor.
Así resultó una imagen de la Virgen sumamente expresiva y delicada,
conocida con el nombre de la «Virgen de los ojos cerrados».
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En Tordesillas
En 1447, con poco más
de veinte años, Beatriz abandona Portugal, llega a Castilla con el
séquito de la infanta Isabel de Portugal, quien se unía en segundas
nupcias con el rey D. Juan II, en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).
De esta unión nacería Isabel la Católica a quien Beatriz mecería y más
tarde, siendo Isabel reina, la ayudaría en la fundación de la Orden.
Tenía ya entonces
veintitrés años, y, al decir de la Historia manuscrita de 1526, «allende venir de sangre
real, era muy graciosa doncella y excedía a todas las demás de su tiempo
en hermosura y gentileza». La corte de Castilla residía por entonces en
Tordesillas, al oeste de Valladolid, en plena meseta castellana, junto
al río Duero. El ambiente palaciego estaba dominado por intrigas y
frivolidades cortesanas de la época. Estas fueron las espinas que
encontró Beatriz en Tordesillas, haciendo más bella y fragante la flor
de su virginidad.
Las fiestas, cacerías
y bailes van envolviendo la falsa atmósfera de la corte, la bella
Beatriz y sus limpios ojos fascinaron a nobles y caballeros, la sonreía
gran porvenir. Nadie podía adivinar la lucha interior que padecía, su
mente fija en Dios la ayudaba a superar cuanto le acontecía en medio de
la corte.
Fuese por intrigas de algún
caballero resentido ante la negativa de Beatriz a sus pretensiones,
fuese por celos de la reina, que llegó a ver en ella una amante rival,
cayó en desgracia de ésta. «Viendo la grande estimación que todos hacían
de la sierva de Dios, la reina hubo celos de ella y del rey, su marido,
y fueron tan grandes que, por quitarla de delante de los ojos, la
encerró en un cofre, donde la tuvo encerrada tres días, sin que en ellos
se le diera de comer y de beber». Fue todo un torbellino de pasión, que
quiso tronchar la vida de esta delicada flor.
La propia reina que
antes la eligió como dama y la amaba, ahora llevada por los celos y
considerándola su rival, quiso quitar de su vista a Beatriz. Para ello,
un día la invitó a acompañarla a los sótanos del palacio y, al llegar al
lugar, acercó a Beatriz a un cofre o baúl grande y, empujándola, la
metió, cerrándola con llave.
Beatriz, destituida
de toda ayuda humana, se entregó en brazos de la divina Providencia y de
la Santísima Virgen María, recordando cuanto había escuchado en su
infancia sobre el misterio de la Inmaculada Concepción.
En momentos tan
difíciles, según se recoge en el proceso de canonización, «recibió la
visita de la Reina del Cielo vestida de blanco y azul, que la consoló
con su presencia. Después de anunciarle que sería liberada, le confió el
mensaje de que fundara una orden consagrada al culto y honor de su
Inmaculada Concepción», con el mismo hábito que ella traía: blanco y
azul. Como reconocimiento se consagró con voto de virginidad, con firme
propósito de cumplir el mensaje recibido. (En este momento se empezó a
gestar la Orden de la Inmaculada Concepción).
La intervención de don Juan
Meneses, tío de Beatriz, hizo que la reina Isabel abriese el cofre
pasados tres días, esperando que su dama fuese ya cadáver. La sorpresa
de todos fue impresionante. Beatriz apareció con más belleza y lozanía
que antes de ser encerrada. Todos adivinaron que la bella dama
portuguesa había sido favorecida en aquellas horas obscuras y tenebrosas
con alguna luz especial del cielo. La Santísima Virgen la había escogido
para dama suya. Era preciso cambiar de palacio. «A los tres días de
verse libre del encierro, sin más dilación, pidió salir de Tordesillas,
dirigiéndose a Toledo, acompañada de dos doncellas.»
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Retrato de Santa Beatriz y cofre donde fue
encerrada por la Reina, en Tordesillas. Actualmente, en el claustro superior
del Convento de Toledo. |
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Dos frailes franciscanos se le aparecen
camino de Toledo. |
En Toledo
Tras lo sucedido,
Beatriz decidió abandonar la corte y, con la ayuda del propio rey, salió
en 1451-1453 del Palacio de Tordesillas y se dirigió a la ciudad de
Toledo, al convento de Santo Domingo el Real. En dicho convento vivía,
no como religiosa dominica sino como pisadera, acompañada de dos
criadas. En su trayectoria sucedió el encuentro con dos frailes de
blanco cordón que, con afables palabras, la consolaron y dijeron que
había de ser una de las mayores glorias de España y que sus hijas serían
nombradas en toda la cristiandad. La joven Beatriz tuvo por cierto que
aquellos eran los bienaventurados San Francisco y San Antonio, y desde
entonces les celebró fiesta todos los años.
Cuando apenas ha
alcanzado los 25 años, busca en la soledad del claustro: silencio,
tranquilidad de espíritu, comunicación con Dios. Siempre en actitud de
oración y penitencia, con el rostro velado. Durante los treinta años que
vivió en Santo Domingo, fue sin duda madurando el gran proyecto, fundar
la nueva Orden en honor de la Inmaculada, siempre con confianza, a la
espera de la manifestación y la hora de Dios. En este tiempo armonizaba
la contemplación y la acción, destacando tres amores primordiales: el de
la Eucaristía, el de la Pasión y el de la Inmaculada Concepción de
María, penetrando en la obra redentora de Dios, manifestada en Cristo.
Aquí recibiría un día
a la Reina de Castilla, tal vez buscando el perdón y la reconciliación.
También a su hija Isabel la Católica, que al parecer, atraída por su
carisma y vida ejemplar, decidió apoyarla. Fruto de la estrecha
colaboración entre Beatriz y la reina Isabel la Católica, tan devota de
la Inmaculada, dio origen la nueva Orden en la Iglesia.
Por los años 1480
– 1483 se le repitió la visión de Tordesillas. Beatriz no vacila. ¡Había
llegado la hora!, urge la fundación de la Orden. Isabel había sido
proclamada reina en 1474 y algún año después entraba en Toledo; venía a
cumplir la promesa hecha en la batalla de Toro de edificar un templo a
San Juan Evangelista. En 1479, «con la ayuda de Dios y de la gloriosa
Virgen María, su Madre», se firmó la paz definitiva entre Castilla y
Portugal. Todo un motivo para conversar con Beatriz, la dama que la
había mecido en sus brazos cuando era niña. En las conversaciones, la
Reina, apoyó la fundación de la Orden Concepcionista, que la Virgen
había confiado a Beatriz y, concretaron en común acuerdo que Beatriz
Abandonara Santo Domingo el Real para instalarse en los Palacios de
Galiana, donados por la Reina junto con la Capilla de la Virgen y Mártir
Santa Fe. |
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La Reina Isabel
Mientras tanto la Providencia
iba preparando los acontecimientos para que Isabel la Católica se
interesase por la fundación de la Orden concepcionista. Había sido
proclamada reina en 1474 y algún año después entraba en Toledo; venía a
cumplir la promesa hecha en la batalla de Toro de edificar un templo a
San Juan Evangelista. El lugar escogido está próximo al monasterio donde
residía Beatriz. En todos estos años turbulentos, en medio de campañas
guerreras, cuando la reina venía a Toledo buscaba tiempo para ir a
conversar con Beatriz, la dama que la había mecido en sus brazos cuando
niña. En 1479, «con la ayuda de Dios y de la gloriosa Virgen María, su
Madre», se firmó la paz definitiva entre Castilla y Portugal. Esto pudo
ser un motivo especial para que la Reina Católica, tan devota de la
Inmaculada, apoyase la fundación de la Orden concepcionista, que la
Virgen había confiado a Beatriz. Por estos años «se dice que se le
apareció (a Beatriz) la Madre de Dios otra vez, distinta de la referida
del cofre, volviéndola a mostrar cómo había de ser el hábito que
traerían sus monjas».
El año 1484 Isabel la Católica
concertaba con Beatriz la donación de unas casas de los palacios reales
de Galiana, junto a la muralla norte de Toledo. Le donaba también la
capilla adjunta, dedicada a Santa Fe por la reina Doña Constanza, esposa
de Alfonso VI. Con doce compañeras (entre ellas una sobrina) pasó
Beatriz a ocupar esta nueva mansión toledana. «En esta casa entró tan
desacomodada con gran alegría, y dio orden de irla fabricando al modo
necesario para que pudiese ser convento de religiosas.»
Cinco años pasó Beatriz echando
los cimientos de la Orden concepcionista, bajo la protección de Santa
Fe. El nombre de esta santa francesa decía muy bien con la fe que había
demostrado Beatriz desde que salió de Tordesillas. Isabel la Católica se
serviría del patrocinio de esta misma Santa en la conquista de Granada,
con una fe paralela a la de Beatriz.
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Aprobación de la Orden
La aprobación
de la Orden Concepcionista, solicitada al Papa por Beatriz y la Reina
mediante las “minutas”,
era firmada por Inocencio
VIII el 30 de abril de 1489 mediante la bula «Inter Universa». En este
mismo día se presentó en el torno del convento un personaje misterioso,
preguntando por doña Beatriz de Silva y comunicándole la firma de la
bula por el Papa. De esta manera lo supo ella en Toledo, cuando se
otorgó en Roma, por revelación divina y creyó, sin duda que este
mensajero era San Rafael, porque desde que supo decir el Avemaría le
había sido muy devota y rezaba cada día alguna oración especial.
Tres meses más tarde
llega a Toledo la noticia de que la bula se había ido al fondo del mar,
por haber naufragado la nave donde venía. «De esto recibió grandísima
tristeza, y con mucha ansia de su corazón no hizo tres días sino llorar
y orar. Al cabo de ellos fue a abrir un cofre para cierta cosa
necesaria, y, no sin mucha maravilla, halló allí la dicha bula encima de
todo». Toda la ciudad de Toledo se asoció con gran júbilo a la procesión
en que se trasladó la “bula del milagro” desde la catedral al convento
de Santa Fe. Tuvieron lugar todos estos festejos en los primeros días
del mes de agosto de 1491. Actuó en la procesión, misa pontifical y
sermón el insigne padre franciscano Francisco García de Quijada, obispo
de Guadix. Fue puesta en vigor el 16 de febrero de 1491.
Pero... «a los cinco días,
estando (Beatriz) puesta en muy devota oración en el coro, aparecióle la
Virgen sin mancilla..., la cual le dijo: “Hija, de hoy en diez días has
de ir conmigo, que no es nuestra voluntad que goces acá en la tierra de
esto que deseas”».
Como declaran los
testigos en el Proceso de Canonización, pasaba largas horas de la noche
en el coro y, yendo una vez a maitines, según acostumbraba, halló la
lámpara del Santísimo Sacramento apagada, y poniéndose en oración, viole
manifiestamente encender, no viendo quien la encendía; tras esto oyó una
voz, y ella escucha: «Tu Orden ha de ser como esto que has visto, que
toda ella será deshecha por tu muerte mas como la Iglesia fue
perseguida al principio, pero después floreció y fue muy ensalzada, así
ella florecerá y será multiplicada por todas las partes del mundo».
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Bula "Inter Universa"
El mismo día 16 de agosto, que se había
acordado para la toma de hábitos, tuvo lugar la tranquila muerte de
Beatriz. El mismo padre confesor le impuso el hábito y velo
concepcionistas y recibió su profesión religiosa.
«Al tiempo de su muerte fueron vistas dos
cosas maravillosas: la una fue que, como le quitaron del rostro el velo
para darle la unción, fue tanto el brillo que de su rostro salió que
todos quedaron espantados; la otra fue que en mitad de la frente le
vieron una estrella, la cual estuvo allí puesta hasta que expiró, y daba
tan gran luz y resplandor como la luna cuando más luce, de lo cual
fueron testigos seis religiosos de la Orden de San Francisco».
Había sido escogida como estrella para
guiar a generaciones de vírgenes, que consagrarían a Dios su amor y su
pureza, en honor de María Inmaculada. Se iba al cielo para guiarlas
mejor desde allí.
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Canonización
Así sucedió, en efecto. Recién
fallecida, se apareció Beatriz en Guadalajara al padre fray Juan de
Tolosa, franciscano, diciéndole que se encaminase a Toledo para defender
su Orden. Las religiosas de Santo Domingo pretendían que fuese enterrado
en su monasterio el cuerpo de Beatriz y que se fusionasen con ellas sus
compañeras, en vez de llevar adelante la nueva Orden concepcionista. La
intervención del padre Tolosa evitó la extinción de la incipiente Orden.
Cuatro años después surgió una nueva tempestad al fusionarse el vecino
monasterio de monjas benedictinas de San Pedro de las Dueñas con el de
Santa Fe y tener lugar grandes desavenencias. La abadesa de Santa Fe,
madre Felipa de Silva, sobrina de Beatriz, resolvió abandonar su
convento y trasladarse al de religiosas dominicas de la Madre de Dios,
en la misma ciudad, llevándose consigo las reliquias de su venerable
tía. Otro fraile franciscano, el cardenal Cisneros, volvió a encender la
lamparilla de la Orden concepcionista, trasladando el convento de Santa
Fe al que habían ocupado los frailes franciscanos, muy próximo a él, y
apoyando la fundación de nuevos conventos concepcionistas.
A este último convento fueron
trasladadas definitivamente las venerables reliquias de Beatriz,
comenzando a recibir culto público poco después de su muerte. El afán
por poseerlas es una buena prueba de ello. Los menologios de la Orden
franciscana, cisterciense y benedictina la dan el título de «Beata».
Abundan los relatos de favores milagrosos obtenidos por su intercesión.
El año 1924 el papa Pío XI confirmó el culto inmemorial tributado a
Beatriz como a Beata, con lo que nuevamente podía recibir culto público
después de las normas prohibitivas de Urbano VIII en el siglo XVI.
Reanudada la causa de canonización por Pío XII, todas sus hijas esperan
venerarla pronto como Santa. Esa esperanza se convirtió en realidad el
3 de octubre de 1976, cuando Pablo VI la canonizó solemnemente. Después
de más de cuatro siglos de existencia, y a pesar de las grandes pruebas
por las que ha tenido que pasar la vida de clausura, aún conserva la
Orden concepcionista más de 120 conventos diseminados por Europa y
América Latina; de ellos corresponden a España más de 90. Esta es la
gran gloria de la Beata Beatriz de Silva, adalid de la Inmaculada varios
siglos antes de su definición dogmática.
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