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La semilla
sembrada por Beatriz, llegada la primavera dio numerosos brotes de
santidad en el convento toledano. Como en un jardín, predestinadas
por Dios Padre, germinaron rosas, azucenas, violetas... cada una
exhaló su perfume de amor y alabanza a su Dios Creador, Redentor,
Santificador. Se consumieron, como su Madre Fundadora, de celo y
honor en defensa de su Madre Inmaculada, manteniendo viva la
lámpara que el Espíritu Santo encendió en su Madre Beatriz,
acogiendo las palabras de Cristo su Esposo: “Si alguno me ama,
guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y
haremos morada en él”. (Jn. 14, 23)
Fueron
fieles a la llamada, cumpliendo la misión encomendada. Almas
sedientas de Dios que cada día repetían: “Oh Dios, tu eres mi
Dios, por ti madrugo, para contemplar tu fuerza y tu gloria...”
(Sal. 62). Mujeres buscadoras con María del rostro de Cristo
muerto y resucitado, en tensión continua hacia la ciudad futura,
que en todo momento imploraron la misericordia de Dios; humildes y
sencillas, como franciscanas, que habían comprendido las palabras
de S. Pablo: “Me amó y se entregó por mí” (Gál. 2, 20), sin
pretensiones humanas (Sal. 130). La Eucaristía fue su centro.
Vivieron entre el dolor y la alegría, llenas de esperanza,
anunciando con María las grandezas de Dios Amor.
Gracias a
“La Margarita Escondida”, obra escrita en 1661 por una
concepcionista de esta Casa Madre, Catalina de San Antonio,
manuscrito original que se conserva en nuestro archivo, podemos
destacar:
En primer
lugar destacamos a la Santa Madre Beatriz de Silva, Fundadora de
la Orden de la Inmaculada. Beatificada por S.S. Pío XII el 28 de
julio de 1926 y Canonizada el 3 de octubre de 1976 por S.S. Pablo
VI. Destacamos en su vida, a partir del suceso de Tordesillas, el
recato de su vida, con el rostro velado, el voto de virginidad, su
silencio, fe y esperanza, la devoción al misterio de la Concepción
Inmaculada de María y el carisma fundacional que supo vivir y
transmitir a sus hijas hasta dar cima a la creación de una nueva
Orden, dándole la forma y hábito que nuestra Señora traía. El
relato de la visión de la Virgen en Tordesillas fue decisivo para
la iconografía de María Inmaculada, vestida de blanco y con manto
azul. Beatriz se nos presenta como ejemplo de amor, entrega y
oración contínua.
Con El
título de “venerable” es conocida la citada Juana de San Miguel o
Díaz de Toledo, nacida probablemente en Cuenca. Su nombre figura
entre las quince primeras concepcionistas del Convento de Santa
Fe, según dos escritos originales de los años 1494 y 1495. Su
firma nos resulta conocida gracias al “Registro antiguo” fol. 141.
Lo que sabemos de ella, como viaria y abadesa, demuestra sus dotes
de gobierno y capacidad de trabajo durante más de dieciséis años.
Las fuentes escritas que nos permiten esbozar su biografía son “La
Margarita Escondida”, ya citada, y un texto del padre Quintanilla.
Catalina de San Antonio escribe que «Juana de San Miguel tenía
todas las virtudes, silencio, religión, oración, pobreza, caridad,
y era de mucha penitencia y muy capaz para el gobierno...
Primeramente ejerció el oficio de vicaria y luego, por muerte de
Catalina de Calderón, fue abadesa y acudía a todas sus súbditas
con gran caridad. Era muy celosa de la Religión...» El padre
Quintanilla, a su vez, dice que fue de las religiosas más
esenciales que ha tenido esta Orden y convento... escogida de la
Sta. Madre Beatriz... celosa de su Religión y Regla, persona de
grande oración y penitencia y, consumada en la devoción que tuvo a
la Sta. Madre doña Beatriz de Silva como testigo de sus virtudes,
firmando la “Hoja manuscrita”.
La
santidad concepcionista de la Casa Madre rebosó los muros
claustrales y ello explica que fray Juan de Zumárraga, el ya
nombrado primer obispo de México, iniciara las diligencias para
fundar un convento de monjas concepcionistas en su nueva diócesis,
consiguiendo su propósito hacia 1540 con tres religiosas de la
Concepción Francisca, Paula de Santa Ana, Luisa de San Francisco y
Francisca de San Juan Evangelista.
Catalina
de San Antonio cita en su obra a otras dos monjas, Juana
Evangelista y Mayor de San Juan, cuyas vidas de santidad fueron de
todas conocidas. La primera, natural de Belmonte, ingresó en 1584.
Sin dote, porque era “muy hábil de tecla y canto”. Al año
siguiente ingresó Mayor de San Juan, esta fue dos veces vicaria de
coro y muy devota de Nuestra Señora de los Milagros, imagen
existente en una capilla de la parroquia de San Salvador. Su
santidad de vida y su muerte ejemplar, fueron muy alabadas por
otra concepcionista venerable de la época, la abadesa María de
Ayala. Esta, con su hermana Ana, ingresó en 1592, destacando por
su amor al prójimo y los frecuentes arrobos. Es fama que todos los
viernes del año y en Jueves y Viernes Santo sintió los dolores de
la pasión, hasta su muerte acaecida en 1641. Sintió gran afecto a
la esclarecida Madre Fundadora y deseos de verla en un sepulcro
nuevo. En 1618 su deseo se vio hecho realidad gracias a la
generosidad de la Princesa de Asculi, y en él reposaron las
venerables reliquias hasta 1936 que fue profanado el sepulcro.
En 1636
aparece María de Ayala como vicaria y declara como testigo en el
Proceso de Canonización de la venerable Dña. Beatriz que fue
incoado en Toledo ese mismo año.
Voló al
cielo, rodeada de todas sus hermanas, después de una larga y
penosa enfermedad. Las monjas hicieron pintar un retrato de la
sierva de Dios, y es fama que, llevado a personas enfermas, estas
encontraban mejoría.
El cadáver
quedó tan tratable como si estuviera viva. De su hábito cortaron
muchos pedazos como reliquias. Al cabo de quince años de
enterrada, su cuerpo apareció incorrupto.
La Madre
María de Ayala murió en opinión de santidad. Está enterrada en el
altar de San Juan Evangelista, en el coro bajo. El 4 de junio de
2001 se pudo comprobar su sepultura con motivo de unas obras
realizadas en el coro bajo.
Muchas
maravillas se cuentan también de Felipa de Santiago, que ingresó
en 1597. Se dice que, en una visión, al ir a besar el pie de
Cristo este se levantó la túnica, y al conocer el hecho la
Princesa de Asculi mandó pintar el cuadro que hoy admiramos en el
coro alto.
Dignas de
recordar también por su virtud son Ana María de Salazar,
Petronila Manrique, Andrea Narváez, María de la Cruz, Inés de San
Juan, Mariana de la Concepción y Jacinta Quijada. Todas ellas
habitaron en la Casa Madre en el siglo XVI, un siglo de evidente
esplendor concepcionista. La pluma de Catalina de San Antonio nos
ha dejado el relato de sus vidas.
A lo largo
de más de cinco siglos de Orden y de existencia de monjas en este
Monasterio, son muchas las almas que han brillado por su virtud, a
veces, ocultas a los ojos humanos, escondidas con Cristo y María
en Dios. Han intentado identificarse con Cristo Esposo-Redentor,
anunciando su muerte y proclamando su resurrección, repitiendo con
el Espíritu: “Ven Señor Jesús” (Ap. 2, 20). Procurando cumplir la
voluntad del Padre que un día las eligió y sedujo a vivir las
Bienaventuranzas, las promesas del Bautismo con mayor radicalidad,
bajo la mirada maternal de la Madre Beatriz, viviendo en honor de
su Madre Inmaculada. Ellas son nuestras intercesoras ante el
Padre.
Por toda gratitud a Dios Padre que las creó y amó, a Dios Hijo que
las llamó a seguirle, a identificarse y a tener un mismo espíritu
con Él, a Dios Espíritu Santo que las fue santificando e inundó de
amor para que fuesen inmaculadas, santas por el amor (Ef. 1, 4).
Gratitud a nuestra Madre Inmaculada que quiso prolongar su obra de
predestinación a través de tantas hijas concepcionistas que
vivieron el espíritu que Beatriz las legó y con su “Fíat”
proclamaron con María las grandezas de Dios.
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Santa Beatriz ampara bajo su manto a
todas las religiosas |