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Los hechos
acaecidos en la España del siglo XIX y básicamente la
Desamortización (1835) afectaron negativamente la marcha secular del
Monasterio. Más dolorosas aún fueron las vicisitudes en la República de
1931-1936. Contaba la comunidad con doce religiosas (dos murieron en
este tiempo). Era abadesa madre María del Pilar González, que
sobrevivió hasta 1946, y capellán don Juan Bautista de la Asunción
Borras, Beneficiado de la catedral, mártir en Toledo, el 6 de agosto
de 1936.
Desde los primeros días uno de los edificios que fue usado por los
milicianos para asediar el Alcázar, debido a la proximidad, fue este
convento. Por eso las religiosas tuvieron que abandonarlo y
refugiarse en una casa próxima, acompañadas por el capellán y sus
hermanos. Días después, al comunicarlas que era urgentísimo abandonar la casa
donde estaban refugiadas porque iban a bombardearla, como así fue,
decidieron encaminar los pasos otra vez al Convento para ver si en
él podían ocultarse. En el precipitado y corto trayecto una Hermana
de 84 años que iba descalza sufrió varias caídas y, con la ayuda de
dos religiosas, sin apenas poderla sostener, por fin, llegaron al
Convento, refugiándose en el refectorio bajo.
El capellán y sus
hermanos acompañaban a la Comunidad. La situación era angustiosa,
aumentando las dificultades. Fueron tres inacabables días. Al poco
tiempo, el griterío y los golpes llegaban al Convento. Las religiosas
se refugiaron en la portería y, en el momento que intentaron salir,
sor Visitación cayó muerta en brazos de dos hermanas. Pero hasta el
día siguiente no pudieron enterrarla en una habitación llena de
escombros.
Crecían los
alaridos, se oían frases de los milicianos: «¡Soldados, soldados,
matad sin piedad a todos vuestros jefes y uníos a nosotros, que nada
os haremos!» A las hermanas les parecía el último momento de su
existencia: amenazas, estallidos de minas, tiroteos...
El Capellán mandó
a su hermano para que, desde la escalera de la calle, pidiera
auxilio a los guardias, que estaban en el Museo Nacional de Santa
Cruz, diciéndoles que los milicianos y la turba, habían entrado en
el Convento. Los de Asalto pudieron sacarlas por el hueco de una
reja que habían volado con dinamita y después las condujeron al Museo,
donde las atendieron, pasando en él la noche. Al Capellán y a
su hermano nos les llevaron allí. Pocos días después supieron que le
habían fusilado, acribillando su cuerpo con diez balazos.
Con la ayuda del
teniente y de los guardias, fueron llevadas a los Conventos de Dominicas:
Jesús María y Madre de Dios, donde fueron muy bien acogidas. Pero el
día destinado para hacer estallar la primera mina que colocaron, con
el fin de acabar con la resistencia del Alcázar, las tres
Comunidades tuvieron que pasar por otro dolor y pavor: sus plegarias
subían al cielo y rodeadas por los milicianos a las afueras de
Toledo, pensaron había llegado el fin de sus vidas. Todo quedó en un
susto. Ellas en medio del sufrimiento e intranquilidad siguieron
esperando, hasta que se enteraron que Toledo había sido liberada el
27 de septiembre, aunque hasta el 28 no se supo.
El estado del convento
Por fin todo pasó, pero cuando pudieron regresar al Convento. ¡Qué
cuadro más horrendo! La cuna de nuestra Orden gloriosa, profanada.
Estaba desconocido el Convento. Las bellas imágenes de la Madre
Fundadora y de la Inmaculada, decapitadas, y destrozados los escornos
de sus angelitos; la de San Francisco, también
sin cabeza y vaciados los ojos; igual hicieron con una imagen de la Niña
María y con otros santos. Dos imágenes del Santísimo Cristo
hechas pedazos. La imagen de piedra de la Santísima Virgen, donación de
la princesa de Asculi, rota en tres pedazos. En el coro bajo,
el sepulcro de mármol que encerraba las arcas de plata que contenían
las veneradas reliquias de nuestra Beata Madre Fundadora, completamente
desbaratado y, por el suelo, los benditos y queridísimos restos: en
dos pedazos el cráneo y arrebatada la estrella de oro de su frente.
Las mencionadas arcas se encontraron después, entre los escombros
del patio. La del cráneo apareció totalmente aplastada.
Las magníficas
vidrieras de la capilla del sepulcro, que representaban a Isabel la
Católica y al Cardenal Cisneros, hechas añicos.
Las tumbas
abiertas, incluso la de la ya nombrada Princesa de Asculi. Se
llevaron tres momias al jardín.
El gran cuadro de
la ínclita Fundadora, lleno de agujeros.
En el claustro sacaron los restos
de una de las sepulturas y colocaron un Jesús
Nazareno, después de amputarle la cabeza, brazos y piernas.
Documentos,
custodias de plata, Vasos Sagrados desaparecidos, ropas saqueadas.
Los hábitos y mantos azules fueron exhibidos y escarnecidos
por las calles.
Debido a las bombas y a las explosiones de las mismas, resultaron
terribles desperfectos en el interior del edificio.
Todo había sido como una terrible pesadilla, cincuenta y un días,
que a la Comunidad se les hicieron años. Las hermanas, con su oración, suplicaban a
Jesús, María y todos los Santos misericordia ante tanta
profanación, perdón y consuelo; también la celestial protección para
comenzar una nueva vida y poder llevar adelante la reconstrucción.
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Cristo Mutilado durante la Persecución
Religiosa del año 1936

El Capellán, don Juan Bautista de la
Asunción
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