Mis respetos a
todas las Monjas Concepcionistas que os habéis reunido en este
antiguo palacio de Galiana y la capilla de Santa Fe, que Isabel La
Católica donó a santa Beatriz como casa para la nueva fundación que
anidaba en su corazón desde treinta años atrás cuando ella llegó a
Toledo y vive vida de oración y penitencia en Santo Domingo el Real,
pero sin ser monja ni profesando clausura; eso sí, velando su cara
para que nadie descubra su belleza. Tal vez así compensaba la Reina
Católica los disgustos que su madre proporcionó a Santa Beatriz como
dama de su corte.
La andadura
comenzó en 1484, con otras doce jóvenes y la ayuda del franciscano
P. Juan de Tolosa. La nueva familia religiosa alternaba la oración
con el trabajo. Sin embargo, era necesario tener un carácter
peculiar, que será el que dé sentido a su vocación y el que Roma
aceptará como carisma de la orden: la pasión de Cristo el culto a la
Eucaristía y, sobre todo, la devoción a la Inmaculada Concepción de
María. No fue difícil con el respaldo de la reina Isabel que
Inocencio VII apruebe la orden, pero Beatriz de Silva muy pronto cae
enferma. La enfermedad se acelera. Como cristiana, Beatriz se
prepara para el encuentro con Dios; como religiosa quiere recibir el
hábito y profesar en la orden recién aprobada. Delante de su hijas
y de seis religiosos franciscanos cumple con su sueño de
consagración a Cristo Esposo y muere el 17 de agosto de 1491.
Todos conocéis
las peripecias de la nueva obra, la modificación sustancial que la
Reina Católica consiguió de Alejandro VI en 1494, que pone a las
monjas bajo la orden de santa Clara; las tensiones posteriores,
hasta que Julio II por la bula Ad statum prosperum, otorga la
aprobación definitiva en 1511. Este es el Centenario que abrimos hoy
y que sin duda llenará todo un año. Felicidades, Hermanas, por lo
que supone de fidelidad y de plasmación del espíritu de Santa
Beatriz esta Regla para vuestra vida. No olvidamos que las hijas de
Santa Beatriz se vincularon muy pronto a América, pues es la primera
orden contemplativa que llegó allí y difundió la devoción a la
Inmaculada en esos países hermanos. En el díptico que habéis
preparado para esta ocasión describís vuestra vida con claridad y
concreción.
Es verdad,
Hermanas, que no celebramos hoy la fiesta de santa Beatriz, pero sí
celebramos la Eucaristía con los textos del 17 de agosto. Los textos
bíblicos son suficientemente significativos, sobre todo los del NT,
como para exhortaros, Hermanas Concepcionistas, al seguimiento
entusiasta de Jesucristo, a vivir este carisma con la ayuda del
Paráclito, pues el Espíritu Santo crea en nosotros, si somos dóciles
a su gracia, una manera muy concreta de vivir y de actuar siguiendo
las inspiraciones de ese Espíritu bueno. Jesucristo se compromete, a
morar con el Padre y el Consolador en nosotros.
Santa Beatriz
fue santa. ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente que ella vivió en
su persona la sencillez y la belleza de lo verdadero sin adornos, en
las obras y la palabra; la serenidad y la mirada limpia que nace de
la certeza de la bondad de Dios; una piedad que parece brotar de
ella tan naturalmente como la respiración: una piedad hecha de
confianza y de abandono de sí misma y de las cosas, de las personas
y de los acontecimientos, en las manos del Señor, y hecha de un amor
muy grande a la Eucaristía y a la Santísima Virgen, en el misterio
de su Concepción Inmaculada. Este es el punto fontal de donde mana
el atractivo que irradia su persona, porque en ella hay libertad y
amor.
Todas estas
cosas son bienes que los humanos consideramos preciosos, que todo el
mundo anhela, que constituyen para la mayoría de los seres humanos
la aspiración más verdadera y honda de la vida. Y, sin embargo, es
evidente –la experiencia lo demuestra todos los días- que no somos
capaces de darnos estos bienes a nosotros mismos, y por eso, en
cuanto los vemos en alguien, reconocemos en esa persona, como santa
Beatriz, la presencia de Dios, la acción de Dios, la gracia de Dios.
Pero una vida
así, un amor de este calibre, que todo ser humano desea y necesita,
no nos lo podemos dar a nosotros mismos, ni recibirlos de ningún ser
humano. No se lo podemos dar a las personas que queremos, ni
siquiera a las que más queremos, más que de una sola manera:
haciendo sitio en nuestra vida a Cristo, y acogiendo su don, el don
de su Espíritu Santo, alma y vida de su Iglesia. Por eso ese amor
era una señal, una marca de identidad de los primeros cristianos, y
como tal fue señalado por el Señor: “En esto conocerán que sois mis
discípulos, en que os améis unos a otros” (Jn 13, 35).
Pero hay que
decir aquí algo que es tremendamente serio y que afecta a nuestra
generación de cristianos. El ideólogo italiano del eurocomunismo, A.
Gramsci, escribió en algún lugar que si hoy viéramos a alguien
tomarse con seriedad la verdad del Evangelio nos parecería un
monstruo. Y a veces parecería que estaría en lo cierto, por dos
razones. Primera porque es verdad que para muchos que nos llamamos
hoy cristianos el Evangelio tiende fácilmente a ser un hermoso
cuento de hadas que no tiene más función que la de enseñarnos unos
pocos “valores” morales a los que se podría llegar también con la
mera razón y sin ese testimonio de la Iglesia acerca del
acontecimiento de Jesucristo que es el NT.
Pero, en segundo
lugar, porque ver a alguien vivir la fe de la Iglesia, y vivirlo
todo desde la fe de la Iglesia, nos produce –dado el contraste tan
radical con las preocupaciones y las categorías del mundo en que
vivimos- la impresión de que estamos ante alguien de fuera de este
mundo, cuando en realidad el que vive así tiene una humanidad llena
de belleza y de atractivo, una humanidad que deja percibir en ella
la serena belleza infinita de la gloria de Dios, pues los santos,
como santa Beatriz, no son sino los testimonios transparentes de que
el Dios vivo, cuya vida Jesucristo nos ha comunicado, es capaz de
llenar la vida de sentido, de gusto, de belleza y de verdad.
Con lo cual,
llego yo a una conclusión: respecto de los santos, es preciso evitar
una fuerte tentación. Y es que en la consideración de los santos no
logramos evitar mirar de frente lo que significa la persona, en este
caso, de santa Beatriz, o lo que significa en general un testimonio
de Cristo que se pone ante nuestros ojos. Con otras palabras,
atribuimos lo llamativo de la vida de los santos a sus “cualidades”,
ya sea a los rasgos psicológicos o temperamentales del sujeto que da
el testimonio, o a los frutos del esfuerzo sobrehumano, titánico,
que le hizo llegar a tener esas “cualidades” extraordinarias.
En los dos
casos, la santidad aparece como una obra humana, y las virtudes se
entienden como “cualidades” o como fruto del esfuerzo voluntarista
del hombre. Así se entiende muchas veces la santidad, y en general
la vida cristiana, en muchos ambientes nuestros. Y no es así como se
han entendido la santidad o las virtudes en la tradición de la
Iglesia, pero tampoco es extraño que nosotros la entendamos de esta
manera, viviendo como vivimos en un mundo que vive de la herencia de
la Ilustración, en el que el primer dogma es que el hombre se hace a
sí mismo, se construye su propia plenitud.
A decir verdad,
el hombre que creía que se daba la plenitud a sí mismo era el
llamado “hombre moderno” tradicional, pero de ese tipo de hombres y
mujeres quedan cada vez menos. En nuestras sociedades saciadas de
consumismo y desesperadas del capitalismo tardío, o si requiere, de
la postmodernidad, lo normal es pensar que eso de una posible
plenitud humana es un cuento fantástico, y que sólo se trata de
vivir el presente, sacando de él el mejor partido que se pueda,
aguantando como se pueda lo que no haya modo de evitar, comprando
cuantas más cosas mejor, y divirtiéndose lo más posible y pensando
lo menos posible. En el fondo de la realidad, después de todo,
vienen a decirnos, no hay nada, y nuestro destino es el mismo que el
de las hormigas o las hojas de los árboles: el olvido, en medio del
enorme bostezo del cosmos… Es una tragedia sin tragedia.
Este modo de
vida y de pensamiento –el dominante hoy- es la conclusión lógica de
la pretensión de la modernidad. Es la consecuencia inevitable de
querer hacer un mundo sin Dios, de construir un mundo humano sin la
gracia, sin la experiencia de la gracia y del amor de Cristo. Muchos
siglos de cristianismo, y de participar en la Eucaristía y en la
vida de la Iglesia –aún en medio de torpezas y pecados sin cuento
por parte de todos- nos habían enseñado a los hombres y mujeres lo
que era la humanidad, la razón, la libertad, la gratuidad y el
perdón; nos habían enseñado a vivir como hermanos unos con otros,
aunque tantas veces no lo lográbamos. Y con ello, nos habían
enseñado a amar la poesía y la música, el color y la alegría de
vivir. En eso consistía la plenitud humana en esta tierra en
definitiva, en la medida en la medida en que esa plenitud es posible
en este mundo. Pero en un mundo cristiano, esa plenitud es ya un
anticipo de la vida eterna en el cielo, de esa participación en la
abundancia infinita de la vida divina para la que hemos sido
creados.
Ahora son muchos
los que piensan que la vida humana podemos construirla nosotros
solos, sin Iglesia y sin Cristo. Pues bien, una vez que Cristo ha
sido apartado de la obra de la plenitud humana, cuando el destino
del hombre deja de ser considerado como participar de la vida de
Dios, resulta que el canto al hombre, a la razón y a la libertad, y
a la fraternidad y al amor que había entonado la modernidad se ha
ido apagando poco a poco. ¿Comprendemos ahora la necesidad que
tenemos de hombres y mujeres cristianos que sean santos, como santa
Beatriz y como tantos y tantos que propone la Iglesia o que vemos y
con los que nos encontramos sin duda en nuestras comunidades? ¿Cómo
no seguir prestando a la sociedad ese servicio de la santidad del
que sigue a Cristo? Seguimos necesitando de la Communio Sanctorum,
sin duda. Lo pediremos para vosotros, Concepcionistas Franciscanas,
cuya Regla queréis seguir viviendo, en fidelidad a san Beatriz. La
Virgen Inmaculada os ayude.