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Ante la
situación, algunas hermanas pasaron un tiempo en el convento de
Calamocha (Teruel) y otras en Villafranca (León). Después, con el
testimonio palpable de los horrores de la guerra y con
dificultades, pudieron agruparse y volver. Eran diez religiosas y
no les gustaba hablar de lo acaecido. Sus nombres son: M. Pilar
González, M. Isabel Santana, M. Patrocinio Iglesias, Sor
Sacramento Bort, Sor Filomena Rodríguez, Sor Carmen Gutiérrez, Sor
María Josefa de la Encarnación Zapico, Sor Esperanza Bilbao, Sor
Ángela del Patrocinio Bilbao y Sor Teresa Aguado.
Las Madres
María Teresa de Jesús García y Angelina Villa Gómez, vinieron como
Abadesa y Vicaria, respectivamente, desde el Monasterio de Olmedo
(Valladolid). Las acompañaba Sor Consuelo Barroso y Sor María Jesús
Gómez. Ellas ayudaron a levantar la Casa Madre. Cuando estas
hermanas volvieron a su Monasterio de origen vinieron a ayudar dos
hermanas de la Comunidad de Ávila, Madre María Jesús Soloeta y
Sor Josefina María Ayuel-Montes. La Comunidad siempre ha estado
intensamente agradecida a este gesto de fraternidad.
La Divina
Providencia fue inspirando candidatas y, en 1943, llegan las
primeras aspirantes, Carmen Rodríguez, Adela Chicote y Dolores de
los Ríos, que en religión tomarían los nombres de: María Lourdes,
María Teresa y María Inmaculada. La Casa Madre comenzaba a vivir
el periodo de la posguerra, una nueva era entre ruinas y
privaciones en todos los sentidos. Los primeros brotes de la
Comunidad futura de este Monasterio se mantuvieron firmes aún
faltando lo necesario. Dios que las llamó por su nombre, las unía
a Él como Esposo-Redentor y bajo la mirada maternal de sus Madres
María Inmaculada y Beatriz, iban día a día superando las
dificultades, haciendo de su vida una oblación permanente.
Durante
varios años las Madres se vieron obligadas a postular por los
pueblos para poder procurar lo necesario para el sustento de las
religiosas. En dos años, Dios bendijo la Casa Madre, llegándose a
juntar 17 en el noviciado.
Obligadas
por la necesidad y circunstancias del momento, con las debidas
licencias, las Madres creyeron conveniente abrir un pequeño
colegio, donde comenzaron a dar clase a niños y también clase de
bordados.
El cielo
deparó providencialmente la ayuda de Regiones Devastadas,
organismo que, en atención a la labor benéfico-social y religiosa
al pueblo toledano, que reportaba el sacrificado trabajo de las
jóvenes religiosas, levantó el desmantelado Monasterio,
construyendo sobre sus ruinas celdas y otras dependencias, y
reparando la parte que, aunque muy castigada por la metralla,
quedaba en pie. Poco a
poco vieron superada la crítica situación, sin dejar el trabajo
perseverante, primoroso y acertado.
Por la
clase de labores desfilaron la inmensa mayoría de jóvenes de Toledo que, junto con las enseñanzas de
labores, recibían formación espiritual, moral y religiosa, de la
que tan necesitadas estaban después de la guerra.
En 1961,
transcurridos ya 18 años del ingreso de Sor María Lourdes
Rodríguez, la Comunidad la eligió Abadesa. Durante su largo
servicio de amor, desplegó una actividad verdaderamente
extraordinaria en amor a la Orden y a la Comunidad. Su celo, sin
embargo, se canalizó principalmente en favor de la canonización de
nuestra Madre Beatriz, sin escatimar sacrificio alguno hasta verlo
convertido en realidad. De su gran amor a la Orden, consciente de lo
que debía ser para ella la Casa Madre nació el desvelo por
acoger a todas las hermanas sin distinción de proximidad o
lejanía. Todas debían sentirse como en su propia casa.
Con total
entrega a Dios, aceptó las circunstancias adversas, con la
confianza puesta en aquel que todo lo puede. Trabajó en la
reedificación y adecentamiento de la Iglesia y Monasterio, con la
ayuda del Patrimonio Artístico, Monumentos y otras subvenciones.
Restauró la Capilla Sepulcro para fomentar el culto y devoción a
nuestra Madre Fundadora Beatriz de Silva, obra realizada con la
cooperación de las comunidades de la Orden y ayudas de personas
devotas. Mandó hacer un Cuadro Relicario para conservar la Bula
Fundacional de la Orden, y mandó construir la cripta de enterramientos en el
coro bajo, con la ayuda de las hermanas de Perú.
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Capilla Sepulcro de Santa Beatriz. |