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CELEBRACIÓN DE
APERTURA
Fr. José
Rodríguez Carballo, ofm
MINISTRO GENERAL.
Ave María Purísima
1. Saludo
Hermanas Presidentas y Delegadas de Federación, “amadas hijas en
Cristo... de la Concepción de la Bienaventurada Virgen María” (Bula
Ad Statum Prosperum, 3):
¡El Señor os dé la paz!
Con cuánta alegría y gozo profundo he venido a este lugar santo
donde voló al cielo y reposa el cuerpo de la Virgen Beatriz de
Silva, Madre y Fundadora vuestra; espacio en el que se pudo
contemplar la virtud de su vida en la estrella de su frente, signo
de santidad que aún continúa en vuestra forma de vida; lugar que
vio nacer la Orden de la Inmaculada Concepción. Vengo como
peregrino y hermano vuestro, como hijo de San Francisco a
acompañaros en el camino de retorno a las fuentes de la vocación,
como ya lo hicieran Fr. Juan de Tolosa y otros hermanos míos antes
que yo (cf. Positio: Testimonio de Juana de Leiva, pp.
198-199).
Con cuánto deseo he querido encontrarme con la amada Orden de la
Inmaculada Concepción en la cuna de vuestra forma de vida, y con
ello estrechar los lazos que a ambas familias nos unen (cf.
CC.GG OIC 119,1). También con este encuentro se responde al
deseo y las esperanzas de muchas hermanas vuestras a las que he
encontrado por los caminos del mundo, en mis visitas fraternas, y
que me han manifestado la feliz idea de un encuentro como este
para secundar la animación del camino de vuestra Orden. No ha
nacido de mí, pero en mí y en el Definitorio General OFM tenéis
unos sostenedores de vuestros gozos y esperanzas, de vuestro
camino y andadura, de vuestros dolores y sufrimientos. Los
hermanos de nuestro Gobierno General han acogido muy
favorablemente esta oportunidad del encuentro con todas vosotras y
con prontitud hemos querido hacérsela llegar a la Congregación de
Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, quien también la
acogió favorablemente. Es de agradecer mucho, pues es bien sabido
que decir “gracias es decir poco y decir a la vez todo”.
Os doy además las gracias a cuantas habéis respondido, con
diligencia y solicitud fraterna, a esta invitación. Aún mayor
agradecimiento a las que venís desde lejos y habéis hecho un
camino más largo y de más sacrificio para poder gozar y estar aquí
presentes, pues “qué bueno y qué dulce sentarse en comunión los
hermanos unidos” (cf. Sal 133,1).
Es esta una ocasión para renovar el espíritu evangélico de
seguimiento que os une para honra de la Concepción Inmaculada de
María (cf. CC.GG OIC 2), para intensificar la vida interior
con la oración y el encuentro fraterno, para un mayor conocimiento
mutuo al interior de vuestra Orden en el que se puedan compartir
experiencias de todo cuanto sois y hacéis, para la formación, para
un mayor intercambio y colaboración con los Hermanos Menores. “Os
ruego y suplico como hermano vuestro y menor siervo, por la
caridad que es Dios y con la voluntad de besar vuestros pies” (cf.
2CtaF 87), como diría el santo Francisco, que aprovechéis esta
oportunidad primera y novedosa para la Orden, como un momento de
gracia particular en el camino de recuperar la gracia de los
orígenes.
También vosotras os encamináis al quinto centenario de la
aprobación de vuestra Regla de vida (1511 – 17 de septiembre –
2011). Sin duda, este camino que queda por recorrer, se trata de
un tiempo fuerte, un tiempo donde Dios quiere comunicarse,
donarse, expresarse, para que podamos seguir cantando con él sus
maravillas. Este primer encuentro de madres presidentas de la
Orden de la Inmaculada Concepción, es una ocasión que no se debe
perder, pues pasa a nuestro lado velozmente y se ha de aferrar.
Será, y así lo auguro, un momento justo y oportuno, pues es tiempo
de Dios, en el que se otea un salto cualitativo en vuestra forma
de vida. Aprovechar este momento os ayudará a comprender mejor
vuestras circunstancias y entender vuestro estilo de vida
religiosa en la Iglesia en relación a otros tantos factores que la
favorecen o la dificultan. Se os da ahora el tiempo, con este
encuentro que inauguramos, para acoger la oportunidad que en él se
nos ofrece.
2.- “Inspiradas y llamadas por Dios... para desposarse con
Jesucristo” (Regla 1a-c).
“¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: «Rabbí –que quiere decir,
Maestro- ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis».
Fueron, vieron y se quedaron con él” (Jn 1, 38-39). Este texto no
nos cuenta lo que ocurrió hace más o menos dos mil años, sino lo
que ocurre permanentemente, lo que os ha ocurrido a vosotras un
día, lo que nos ha ocurrido a todos los llamados. Así ha comenzado
vuestra forma de vida, por la llamada del Padre de las
Misericordias, que ha querido mostraros el camino de consagración
con la forma de vida de Santa Beatriz de Silva. Jesús ha tenido y
tiene en vosotras una soberanía tal, que con una respuesta de amor
(cf. CC.GG OIC 55) y desapropiadas de vosotras mismas
queréis experimentarle como Señor, bien sumo, eterno, fundamento y
origen de todo bien (cf. CC.GG OIC 48).
Con la primera llamada que un día recibisteis, estáis siempre
invitadas a vivir vocacionalmente. Esto además significa que os
encontráis vinculadas para siempre al Señor Jesús, que él es
vuestro centro, que ninguna otra cosa, mas que el amor, es vuestra
fuerza transformadora, pues en él habéis conocido a Dios como
absoluto. Conocer a Dios, seguir buscándole sin cansancio es la
vocación y misión de una hermana concepcionista, pues “en la
oración junto a María encuentra la contemplativa un conocimiento
más íntimo y verdadero del Señor” (cf. CC.GG OIC 80). Es
esto lo esencial, buscar al Señor que os llama, responderle con
paso ligero, sin estorbos, pues sentís el eco de su voz como un
eco que rebota una y otra vez. Esta búsqueda sostiene vuestra
vida, la alimenta y la justifica. Esa búsqueda es respuesta a una
llamada que resuena siempre en el corazón, es vocación.
En un contexto como este me gustaría que se desenvolviera este
encuentro. Un contexto de búsqueda para saber qué es lo bueno, lo
perfecto, lo que agrada a Dios (cf. Rm 12, 2). ¿Qué
buscáis? os dice también a vosotras el Señor como a los jóvenes
discípulos. El joven Francisco se preguntó lo mismo hace ahora
ochocientos años ¿Señor qué quieres que haga? Y después junto a
los hermanos se repitió las mismas preguntas ¿Hermanos qué hemos
de hacer? En estos días hermanas os pido que estéis atentas a
cuanto el Señor os pueda decir. Como María, la Virgen Inmaculada,
la oyente de la Palabra, la Madre y Sierva de la Palabra, estad
atentas a su voz, acogedla en vuestras entrañas, llevadla en el
corazón y en vuestro cuerpo por el amor divino, y dadla a luz en
el mundo (cf. 1 CtaF 10). ”¡Discernid para distinguir entre
lo que viene del Espíritu y lo que es contrario!” (VC 73)
¡Escuchad al Señor para cambiar la vida! ¡Escuchadlo para entrar
en un proceso de búsqueda de su querer y voluntad! ¡Escuchadlo
para tomar de nuevo el camino evangélico iniciado por santa
Beatriz y sus primeras hermanas y así refundar vuestra vida y
misión sobre los elementos esenciales de vuestra forma vitae!.
En un contexto como este os deseo que viváis todo con una profunda
interioridad. Tened entre vosotras, en este encuentro, una rica
vida interior de amor. Por eso os pido que sepáis cuidar las
mediaciones concretas de vuestra vida para llevar a acabo este
principio de vida cristiana: los momentos de oración como cuidado
de la presencia de Dios y mediación para no dejar de relacionarse
con él; la vida litúrgica y la celebración de la fe de la Iglesia
en la Eucaristía diaria que nos hace acoger y participar en el don
de Dios; el silencio y la soledad como sabiduría de una vida
escondida en Dios. Desde aquí se han de vivir también los momentos
de peregrinación a los santuarios, o a otros lugares que encierran
la presencia de la Virgen Inmaculada.
Vivir vocacionalmente es encontrarse siempre invitadas a su
seguimiento. Y esto supone entrar en un talante de vida dinámico,
a encontrarse siempre en camino, a la itinerancia, como
mendicantes y peregrinas. El vuestro ha de ser un seguimiento
apasionado del Señor Jesús en el que testimoniar, como
Fraternidad, y con serenidad, la belleza de vuestro estilo de
vida. Estos días han de ser unos días en los que compartir la
experiencia del camino, la andadura de cada Federación y la
hondura sapiencial de vuestro pasado, para poder vivir con sentido
el presente y abrirse con esperanza al futuro. Os invito a acoger
el don de la hermana y su riqueza, pues cada una de vosotras es
lugar privilegiado de comunión con Dios (cf. CC.GG OIC 95,1).
Estar abiertas las unas a la otras es inicio del Reino, es saber
percibir la presencia escondida de Cristo en la vida de cada
Federación a la que cada hermana representa. Os pido que os sepáis
recibir con el corazón abierto, que sepáis acoger la diversidad,
con respeto, sin enjuiciar, sino gustando interiormente lo que el
Espíritu os dice.
3. “A honra e la Inmaculada Concepción” (Regla 1b).
“Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”
(Lc 2, 51). Así narra el evangelista todo el proceso que la Madre
del Señor ha tenido que seguir para entender e integrar, hacer
suyas, las palabras del ángel y la voluntad del Padre. María ha
sido la Madre que también aprendió a seguir a Jesús; y sin dejar
de ser Madre biológica del Redentor tuvo ella también que ponerse
en camino, detrás de aquel que, sin dejar de ser Hijo, se
convertía para ella en su Señor y Dios. No se vio privada de hacer
ella también la “peregrinación de la fe” (cf. LG 58). María
es Madre y Discípula.
Ahora Inmaculada en el cielo y elevada al trono por el Señor (cf.
LG 59), se convierte para nosotros en nuestro modelo. Por
eso a ella se la puede considerar también nuestra maestra (cf.
LG 65). Así lo decís vosotras: “María sigue a Cristo por la
escucha fiel de su palabra, por el servicio y por la entrega de
los derechos maternos junto a la Cruz y se convierte en camino de
seguimiento” (CC.GG OIC 12). En la escuela de María, en
este encuentro, poneos a la escucha de cuanto ella os quiera
decir. En este sentido, este tiempo de gracia se convierte también
así en momento de formación permanente. Un momento oportuno para
el enriquecimiento mutuo, para apreciar cómo cada hermana y
Federación vive el ideal de la formación concepcionista, que no es
otro que la imitación de la disponibilidad de la Virgen Inmaculada
“que, en su vaciamiento, acogió el mensaje del Altísimo, diciendo:
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra»” (CC.GG
OIC 127,1).
Volver a los orígenes de vuestra forma de vida y regla, no es
volver al pasado, sino poner las bases para un proyecto de futuro.
Desde aquí, se ha de vivir este encuentro como lugar formativo,
como momento de formación permanente para vosotras y para que
posteriormente podáis comunicar esta experiencia a todas las
hermanas. ¡Sabed apreciar el sentido de vuestro carisma, dad razón
de vuestras opciones vocacionales, promoved la vida fraterna,
estad atentas a las necesidades de la Iglesia y al grito de
nuestros contemporáneos que hambrean sentido y mirada
contemplativa de la existencia y de la fe! Estos y otros gritos
deben hacernos entender el valor de la formación, pues la
fidelidad a la vocación nos exige la fidelidad a la formación.
La concepcionista, como mujer de fe, como mujer fiel a la vocación
contemplativa, es una buscadora de fidelidad a la vocación,
buscadora de la santidad y pureza de María Inmaculada a ejemplo de
Santa Beatriz (cf. CC.GG OIC 16,2). Sólo así vuestra vida
tendrá la frescura de los orígenes y vuestra vida hablará a los
hombres y mujeres de hoy, convirtiéndoos vosotras mismas en
ejemplo de la gozosa experiencia de Dios en la limpia
transparencia del espíritu, a imitación de María Santísima (cf.
CC.GG OIC 51).
En la escuela de María, la Virgen Inmaculada, la formación os ha
de llevar a la santidad, pues el camino de seguimiento, antes y
mucho más después de la profesión, nos ha de llevar a la
conformación con el Hijo de la Bienaventurada Virgen María. Hemos
profesado para ser lo que Dios nos llama a ser en la Iglesia y
para el beneficio del mundo. La santidad es el ideal de nuestra
forma de vida como consagrados. Pues bien, la formación nos ha de
encaminar a esta meta, porque estamos llamados a dar frutos de
santidad; a experimentar, al contacto con el misterio de Dios,
nuestra pequeñez, nuestra indigencia; a sentir una llamada urgente
a escuchar a Cristo, una exigencia profunda de conversión, de
renuncia a nosotros mismos, para vivir totalmente en el Señor (cf.
VC 35).
Pido a Dios que este encuentro sea un tiempo de formación
permanente. Todo se puede vivir desde aquí, en la escuela de María
Inmaculada, según sus actitudes: las ponencia, los temas elegidos,
los encuentros fraternos, las peregrinaciones, la misma oración,
el silencio,... Os deseo que “en todo imitéis la disponibilidad de
la Virgen Inmaculada que, en su vaciamiento, acogió el mensaje del
Altísimo” (CC.GG. OIC 127,1).
Sed todas bienvenidas hermanas Concepcionistas, Presidentas y
Delegadas de cada Federación de la Orden de la Inmaculada
Concepción. Que Dios os acompañe en este encuentro para que
renovéis con lucidez y audacia cuanto a Él le habéis prometido.
Que María a quien tenéis “entronizada en vuestros corazones” (Regla
7), como ejemplar de vida, os ayude en renovar vuestros
compromisos. Francisco de Asís y Beatriz de Silva os sirvan como
buenos compañeros de camino.
Fraternamente.
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